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Por Robert Funk

La marcha de la locura

La marcha de la locura

En los 80 Barbara Tuchman escribió The March of Folly (La marcha de la locura), un libro sobre la guerra de Vietnam, donde compara ese conflicto con otras grandes tragedias políticas e identifica ciertas características compartidas. La "locura", para Tuchman estaba en decisiones tomadas en grupo en contra de los propios intereses de quienes las apoyaron (y de la población) y a pesar de repetidas advertencias sobre las consecuencias. Así llegó y se mantuvo EE.UU. en Vietnam. Así llegó Trump a ganar la Casa Blanca.

La marcha de la locura que fueron las elecciones estadounidenses del 2016 se manifiesta en que todo el sistema norteamericano, los partidos, los votantes y especialmente la prensa, trató a una persona irracional como un candidato serio. Todos, como sostuvo Tuchman, actuaron en contra de sus propios intereses, descartando o ignorando lo que serían los obvios resultados.

Durante toda la campaña Trump ha dado señales de lo que quiere, de su visión de país. Ha defendido la tortura y propone políticas que exceden las potestades de la presidencia. Ha hecho llamados por la limitación de la libertad de prensa y ha amenazado a los periodistas que lo cuestionan. Descarta acusaciones –comprobadas– de acoso sexual, con una liviandad que debiera preocupar a cualquiera futura ministra de su gabinete. Reconoce, con orgullo, que evade impuestos. Inventa informes médicos y oculta declaraciones tributarias.

El Partido Republicano controla la Casa Blanca y ambas cámaras del Congreso. Podrá nombrar entre uno y tres jueces de la Corte Suprema. Es decir Trump podrá dominar todos los mecanismos de contrapeso de poder.

Es cosa de recordar a quién admira, a quién cita, con quién se junta y quién lo apoya. Son autoritarios políticos (Putin), económicos (Rupert Murdoch), o teoristas de conspiración (Alex Jones), que creen que Hillary Clinton es o Satanás o una extraterrestre. Sus fans más fervientes en los medios sociales eran la así llamada “derecha alternativa”, compuesta por supremacistas blancos y neo-nazis. La marcha de la locura, pareciera, lleva directamente a la Casa Blanca.

En otras palabras, Trump ha demostrado una y otra vez, a través de sus palabras y sus acciones, que no cree que las reglas del juego se le aplican. La sociedad, en su totalidad, apostó a que Trump no era el que parecía, no haría lo que prometió, y se sometería a las limitaciones de poder que implica la democracia liberal. El peligro es que Trump, con evidencia demostrable, no cree en la democracia liberal. Las políticas que apoya están diseñadas para debilitarla. Trump usó la democracia para llegar al poder, y la seguirá utilizando para consolidarlo, hasta que quede mucho poder y poca democracia. Es la receta de Chávez y Putin.

Ya se puede vislumbrar la fórmula. El Partido Republicano controla la Casa Blanca y ambas cámaras del Congreso. Podrá nombrar entre uno y tres jueces de la Corte Suprema. Es decir Trump podrá dominar todos los mecanismos formales de contrapeso de poder.

Uno de los fundamentos del liberalismo clásico es la confianza en el futuro y el rol del sistema representativo en el progreso. Los derechos son universales y su pleno ejercicio trae tantos beneficios que la democracia se va retroalimentando positivamente. En Chile sabemos, tal vez más que muchos otros, que las democracias pueden morir, incluso en sus momentos de mayor ascendencia. Lo que protege a las democracias es el sano funcionamiento de las instituciones.

En la marcha de la locura, esto es precisamente lo que Trump desea cambiar.

Columna publicada en Capital.cl el 10 de noviembre de 2016.

Robert Funk es académico del Instituto de Asuntos Públicos.

Las opiniones vertidas en esta columna son de responsabilidad de su(s) autor(es) y no necesariamente representan al Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile.

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